Archivo Cuentos
Julio 4, 2008 · Secciones: Cuentos
No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante.
También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “¡Crece, maldita seas!”…
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.
Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!
¿Tardó sólo seis semanas en crecer?
No. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.
Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
Cuento Zen

Foto: Christopher Chan
Junio 17, 2008 · Secciones: Cuentos, Hadas

De los elementales, el fuego es uno de los más fascinantes fenómenos naturales y así ha tenido a lo largo de la historia un lugar predominante en distintos folklores.
Varias figuras mitológicas son las que tienen la cualidad de dar el fuego a los humanos, lo que presenta una naturaleza ambivalente: el fuego puede dar el calor necesario para la vida y así también arrasar por completo con ella. Así es la naturaleza del fuego, imprevisible y en contínuo cambio.
Las Hadas de Fuego son varias: Salamandras, Dragones, etc. Viajan a través del aire como destellos ardientes o relámpagos de luz intensa, y a su paso dejan un fuerte olor a azufre. Estas entidades suelen ser de gran ayuda en granjas, talleres, fraguas y establos, ya que dan el calor necesario y también recolectan oro y otras riquezas alrededor del mundo para los humanos que los protegen y hospedan. Sin embargo, su carácter es muy volátil e inestable y demandan respeto y gratitud a riesgo de ofenderse. Una palabra mal dicha en cualquier momento puede ser fatal. La Aitvaras, por ejemplo, es un Hada del Hogar bien conocida en Lituania por su carácter irascible. A veces es vista como un dragón volador echando fuego por su boca, otras veces sólo se ve su cola larga y brillante.
La Domovic es otra Hada del Hogar y guardiana de la familia proveniente de Rusia. Vive detrás de los leños en las chimeneas. Es sabido que cuando se la ofende o molesta puede incendiar toda la casa en venganza. Si la familia se muda, el fuego del hogar debe ser llevado en una antorcha hasta la nueva casa, dándole la bienvenida a este espíritu en su nueva morada. Los sufrimientos y los espíritus hostiles serán así ahuyentados por Domovic quien protegerá sin descanso a sus amables anfitriones.
Luminiades
Se las describe como pequeñas esferas de luz sin cuerpo definido. Pertenecen al grupo de los Fuegos Fatuos y les gusta dejarse ver por los humanos de vez en cuando.
Su aparición va seguida de eventos benéficos o la llegada de Magos u otras Hadas.
Foto: Pranav Singh
Dedos de Luz
Tienen la figura de un niño de unos 8 ó 9 años de edad, delgados y bajitos. En la punta de los dedos tienen una luminiscencia muy clara que se intensifica cuando encuentran algo que les atrae mucho, pareciendo como si tuvieran una pequeña nube de estrellas en cada uno de sus deditos.
Son el más famoso grupo de ladroncitos de fuego del mundo de las Hadas. Pequeños, astutos y muy hábiles, no pueden quedarse quietos ante las cosas que les atraen, especialmente todo lo que brilla, y más aún si es un diamante. Se excusan diciendo que sólo toman prestadas cosas… pero es bien conocida la poca memoria de las Hadas, y es muy probable que cuando recuerden que deben devolver lo “prestado” ya ni sepan dónde lo guardaron.
Los Dedos de Luz son muy pacíficos pero disfrutan mucho haciendo travesuras, riéndose al ver a los humanos buscando como locos sus cosas “perdidas”.
Salamandras
Las Salamandras son los espíritus elementales del fuego y sin duda las Hadas más respetadas y poderosas, valoradas por los Magos y Hechiceros. Las de origen asiático e ibérico eran en principio animales acuáticos, pero hace unos 3000 años en Medio Oriente, egipcios y judíos describieron a las Salamandras en su versión astral como el elemental del sur, y representaron su figura con el fuego. Esto se debió a la habilidad de estos seres para sobrevivir en lugares desérticos y abrasados por el sol, y a su capacidad de asemejar una pequeña llama. Así la Salamandra formó parte de las ceremonias religiosas y místicas antiguas, siendo también conocida como Llama de Mago y Guardianes del Sur.
Estos espíritus forman su reinado instantáneamente cuando se enciende una fogata o comienza un fuego. Son los más indiferentes hacia el ser humano. No buscan su amistad. Los humanos han buscado siempre la amistad del fuego y no siempre esto supuso una recompensa.
Muy pocas personas tienen una amistad sincera con los elementales del fuego. Es difícil acceder a ellos. Pero cuando esta afinidad se logra, es tan fuerte y alegre como el mismo fuego.
Las Salamandras han trabajado durante la Creación del Universo y han sido los primeros elementales en estar presentes. Tienen una relación directa con las almas, pues sus vibraciones se propagan tan veloces como la luz. Conceden claridad de pensamiento e impulsan la renovación y el cambio.
“… Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto en en fuego.” La Pequeña Cerillera, de Hans Christian Andersen.
Junio 14, 2008 · Secciones: Cuentos, Paz
“Érase un niño que cada vez que se enfadaba, explotaba y lo pagaba con los demás. Les decía palabras hirientes y les gritaba. Aunque siempre se daba cuenta de su error, de que con su actitud solo conseguía lastimar a la gente. Es por eso que nada más darse cuenta de lo que había hecho se disculpaba con esas personas. Sin embargo, el niño quería cambiar y dejar de hacerles daño.
Un día el padre, viendo que su hijo no cambiaba, habló con él: ‘Hijo, si de verdad quieres dejar de tratar así a las personas puedes hacer una cosa’. El niño, interesado en ello, le preguntó a su padre qué podía hacer, pues él de verdad deseaba cambiar. ‘Sólo tienes que clavar un clavo en la madera de nuestra verja cada vez que te enfades, en lugar de gritar. Y poco a poco conseguirás dejar de comportarse así’ dijo el padre.
El niño, aunque extrañado, siguió el consejo de su padre a rajatabla, y cada vez que se enfadaba, salía corriendo al jardín a clavar el clavo.
Después de un tiempo, el niño consiguió dejar de gritar así a la gente, y muy satisfecho de sí mismo se lo dijo a su padre. ‘Muy bien hijo’ le felicitó el padre sinceramente, y continuó diciendo ‘ahora vamos a ver la verja del jardín’. Cuando padre e hijo llegarón alli, el niño se fijó en que la verja había terminado repleta de clavos. Después el padre le pidió que fuera sacando los clavos y el niño los retiró todos. Cuando terminó, vio que la verja había quedado llena de agujeros. Ahí fue cuando su padre le enseñó una valiosisima moraleja.
Escogiendo las palabras adecuadas, el padre le preguntó al niño: ‘¿Te has fijado en la madera hijo?, ¿qué ves?’. El niño, no muy seguro de lo que responder dijo ‘Que dónde habia clavos se ha quedado lleno de agujeros’. Entonces el padre le explicó lo que significaban esos agujeros, y fue entonces cuando el hijo entendió por qué su padre le prospuso ese método para aprender a controlarse: ‘Escuchame bien hijo, pues los clavos repesentaban tu ira, las palabras hirientes que decías a las demás personas. Y esos agujeros representan las heridas que tus palabras hacían. Tus palabras, al igual que los clavos en la madera, se clavaban como puñales en el corazón de la gente. Aunque luego te has dado cuenta de tu error y te has disculpado, es como si retirases el puñal del corazón de la gente, al igual que hace un momento has quitado todos los clavos de la pared. Sin embargo, igual que esta madera se ha quedado llena de agujeros, en esos corazones seguirá quedándo una herida que no curará o que dificimente lo hará. Una vez hayas entendido esto, comprenderás el poder que tienen las palabras y porque hay que controlarlas, pues el corazón de las personas perdona, pero no olvida.”
Foto: SpacePotato
De la peli “Eternal sunshine of the spotless mind”, me quedo con la situación que se plantea al final, similar al final de este cuento. Personalmente creo que esa madera agujereada no es nada más -ni nada menos- que eso, y la enorme enseñanza que representa. Tendría un lugar preferencial en mi baúl de los recuerdos, y nunca la echaría al fuego, pero para la verja… elijo una madera sin marca, para conservarla así.
Perdonar no es olvidar. Olvidar no es perdonar. El equilibrio que surge de perdonar sin olvidar es la mejor forma de andar.
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