Archivo Cuentos Cortos
Diciembre 14, 2008 · Secciones: Cuentos Cortos
Érase una vez una mujer de muy buen corazón que caminaba por el bosque en invierno. De pronto vio a una serpiente venenosa agonizando entre la nieve.
La serpiente le rogó a la mujer que la acercara a un lugar cálido, que le salvara la vida. A lo que la mujer respondió: “Eres una serpiente venenosa, ¡me morderías y moriría!”
Entonces la serpiente imploró y prometió a la mujer no morderla, a lo que finalmente ésta se compadeció y la cobijó en su pecho.
Cuando la serpiente logró entrar en temperatura, mordió a la mujer.
La mujer, ya muriendo, preguntó a la serpiente “¿Por qué me has mordido? ¡Prometiste no hacerlo!”
Mientras se iba, la serpiente mirando hacia atrás le dijo “Señora, usted siempre supo que yo era una serpiente.”

Agosto 29, 2008 · Secciones: Cuentos Cortos
De chica me contaron esta historia y me encantó. Me volvió a la mente cientos de veces - es una manera infalible de saber dónde está el amor verdadero:
Se presentaron ante el rey Salomón dos mujeres que vivian en la misma casa y argumentaban ser la madre de un niño. Ambas madres habian dado a luz con diferencia de tres dias pero el hijo de una de ellas falleció durante la noche. Al notarlo, esta madre intercambió los niños, colocando el muerto en los brazos de la madre que dormía y el que quedaba vivo en sus propios brazos.
A la mañana siguiente la madre que había dormido toda la noche se dió cuenta de la trampa y asi fueron a buscar justicia ante el rey.
Salomón para dilucidar el dilema, ensaya una treta y ordena partir al niño en dos. “Partid en dos al niño vivo, y dad la mitad a la una y la otra mitad a la otra”.
La madre falsa esta de acuerdo con el rey, pero la madre verdadera pide que no dividan al niño, renunciando a reclamar a su hijo.
Con ello el rey Salomón pronuncia su sentencia devolviendo el niño a la verdadera madre: “Entregad a aquella el niño vivo, y no lo matéis; ella es su madre”.
Julio 4, 2008 · Secciones: Cuentos Cortos
No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante.
También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “¡Crece, maldita seas!”…
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.
Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!
¿Tardó sólo seis semanas en crecer?
No. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.
Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
Cuento Zen

Foto: Christopher Chan
Junio 14, 2008 · Secciones: Cuentos Cortos
“Érase un niño que cada vez que se enfadaba, explotaba y lo pagaba con los demás. Les decía palabras hirientes y les gritaba. Aunque siempre se daba cuenta de su error, de que con su actitud solo conseguía lastimar a la gente. Es por eso que nada más darse cuenta de lo que había hecho se disculpaba con esas personas. Sin embargo, el niño quería cambiar y dejar de hacerles daño.
Un día el padre, viendo que su hijo no cambiaba, habló con él: ‘Hijo, si de verdad quieres dejar de tratar así a las personas puedes hacer una cosa’. El niño, interesado en ello, le preguntó a su padre qué podía hacer, pues él de verdad deseaba cambiar. ‘Sólo tienes que clavar un clavo en la madera de nuestra verja cada vez que te enfades, en lugar de gritar. Y poco a poco conseguirás dejar de comportarse así’ dijo el padre.
El niño, aunque extrañado, siguió el consejo de su padre a rajatabla, y cada vez que se enfadaba, salía corriendo al jardín a clavar el clavo.
Después de un tiempo, el niño consiguió dejar de gritar así a la gente, y muy satisfecho de sí mismo se lo dijo a su padre. ‘Muy bien hijo’ le felicitó el padre sinceramente, y continuó diciendo ‘ahora vamos a ver la verja del jardín’. Cuando padre e hijo llegarón alli, el niño se fijó en que la verja había terminado repleta de clavos. Después el padre le pidió que fuera sacando los clavos y el niño los retiró todos. Cuando terminó, vio que la verja había quedado llena de agujeros. Ahí fue cuando su padre le enseñó una valiosisima moraleja.
Escogiendo las palabras adecuadas, el padre le preguntó al niño: ‘¿Te has fijado en la madera hijo?, ¿qué ves?’. El niño, no muy seguro de lo que responder dijo ‘Que dónde habia clavos se ha quedado lleno de agujeros’. Entonces el padre le explicó lo que significaban esos agujeros, y fue entonces cuando el hijo entendió por qué su padre le prospuso ese método para aprender a controlarse: ‘Escuchame bien hijo, pues los clavos repesentaban tu ira, las palabras hirientes que decías a las demás personas. Y esos agujeros representan las heridas que tus palabras hacían. Tus palabras, al igual que los clavos en la madera, se clavaban como puñales en el corazón de la gente. Aunque luego te has dado cuenta de tu error y te has disculpado, es como si retirases el puñal del corazón de la gente, al igual que hace un momento has quitado todos los clavos de la pared. Sin embargo, igual que esta madera se ha quedado llena de agujeros, en esos corazones seguirá quedándo una herida que no curará o que dificimente lo hará. Una vez hayas entendido esto, comprenderás el poder que tienen las palabras y porque hay que controlarlas, pues el corazón de las personas perdona, pero no olvida.”
Foto: SpacePotato
De la peli “Eternal sunshine of the spotless mind”, me quedo con la situación que se plantea al final, similar al final de este cuento. Personalmente creo que esa madera agujereada no es nada más -ni nada menos- que eso, y la enorme enseñanza que representa. Tendría un lugar preferencial en mi baúl de los recuerdos, y nunca la echaría al fuego, pero para la verja… elijo una madera sin marca, para conservarla así.
Perdonar no es olvidar. Olvidar no es perdonar. El equilibrio que surge de perdonar sin olvidar es la mejor forma de andar.
Abril 24, 2008 · Secciones: Cosas Mágicas, Cuentos Cortos, Música, Pelis y Libros
El cuento “La Buena Suerte” de Fernando Trías y Alex Rovira es el mejor manual para fabricar tréboles de cuatro hojas.
Parte del proyecto consistió en entrevistar a cerca de mil personas en cuanto a quién creían ellos que había tenido suerte en la vida, encontrando en las respuestas algunos puntos en común. También estudiaron las biografías de inventores, empresarios y artistas que según parece habían sabido tener “Buena Suerte”, concluyendo que la fórmula mágica contiene: perseverancia, observación, aprendizaje positivo del error y cuidado de los detalles.
Recomiendo la lectura completa del cuento que está lleno de rincones mágicos en los que los autores nos dejan más pistas. De su esencia, van las reglas para distinguir la Buena Suerte de la suerte:
Primera regla de la Buena Suerte:
“La suerte no dura demasiado tiempo porque no depende de ti. La Buena Suerte la crea uno mismo, por eso dura siempre”.
Segunda regla de la Buena Suerte:
“Muchos son los que quieren tener Buena Suerte, pero pocos los que deciden ir a por ella”.
Tercera Regla de la Buena Suerte:
“Si ahora no tienes Buena Suerte tal vez sea porque las circunstancias son las de siempre. Para que la Buena Suerte llegue, es conveniente crear nuevas circunstancias”.
Cuarta Regla de la Buena Suerte:
“Preparar circunstancias para la Buena Suerte no significa buscar sólo el propio beneficio. Crear circunstancias para que otros también ganen atrae la Buena Suerte”.
Quinta Regla de la Buena Suerte:
“Si “dejas para mañana” la preparación de las circunstancias, la Buena Suerte quizá nunca llegue. Crear circunstancias requiere dar un primer paso… ¡Dalo hoy!”.
Sexta Regla de la Buena Suerte:
“Aún bajo las circunstancias aparentemente necesarias, a veces la Buena Suerte no llega. Busca en los pequeños detalles circunstancias aparentemente innecesarias…, pero ¡imprescindibles!”.
Séptima Regla de la Buena Suerte:
“A los que sólo creen en el azar, crear circunstancias les resulta absurdo. A los que se dedican a crear circunstancias, el azar no les preocupa”.
Octava Regla de la Buena Suerte:
“Nadie puede vender suerte. La Buena Suerte no se vende. Desconfía de los vendedores de suerte”.
Novena Regla de la Buena Suerte:
“Cuando ya hayas creado todas las circunstancias, ten paciencia, no abandones. Para que la Buena Suerte llegue, confía”.
Décima Regla de la Buena Suerte:
“Crear Buena Suerte es preparar las circunstancias a la oportunidad. Pero la oportunidad no es cuestión de suerte o azar: ¡siempre está ahí!”.
El resultado de la suerte al azar es tan impredecible que es difícil saber si se trata de Buena Suerte o Mala Suerte:
“Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra.
El vecino que se percató de este hecho corrió a la casa del hombre para avisarle:
-Tu caballo se escapó, ¿qué harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!
El hombre lo miró y le dijo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes más. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:
-No sólo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar, ¡qué buena suerte has tenido!
El hombre lo miró y le dijo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
Unos días más tarde el hijo montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y cayó al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:
-¡Qué mala suerte has tenido!, tras el accidente tu hijo no podrá ayudarte, tú eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.
El hombre, otra vez lo miró y dijo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
Pasó el tiempo y estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército empezó a reclutar jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al accidentado se le declaró no apto. Nuevamente el vecino corrió diciendo:
-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!
Otra vez el hombre lo miró diciendo:
-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”
Cuento sufí