El uno es el agua, el otro el jarro.
El orden recoge,
el amor fluye.
Orden y amor se entrelazan en su actuar.
Como una melodÃa al sonar se guÃa por armonÃas,
asÃ, el amor se guÃa por el orden.
Y como el oÃdo difÃcilmente se habitúa a las disonancias,
por mucho que se expliquen,
asÃ, nuestra alma difÃcilmente se hace
a un amor sin orden.
Algunos tratan a este orden
como si no fuera más que una opinión,
que pudieran tener o variar a gusto.
En realidad, empero, nos viene dado:
actúa aunque no lo entendamos.
No se idea, se encuentra.
Lo conocemos, igual que el sentido y el alma,
por su efecto.”
Nacemos de unos padres. No aterrizamos desde la estratósfera por arte de magia. Nacer significa que no venimos a la vida desde la total autonomÃa, sino que venimos a la vida a partir de alguien. Es decir: nacemos vinculados. Toda forma de existencia tiene esta naturaleza vinculada.
Los padres dan, los hijos reciben. Quienes pretendan ignorar estas condiciones tendrán, con toda seguridad, importantes dificultades para experimentar el amor en su vida. Asà de simple: nadie puede verdaderamente amar, si primero no sabe recibir y agradecer.
Esto que decimos de padres e hijos tiene, como es natural, valor extensivo a las diferentes generaciones. En el seno de lo que Bert Hellinger llama “alma familiar”, tdos tienen un lugar de dignidad y de respeto. Y todos quiere decir exactamente “todos”. Significa algo muy preciso y de gran importancia en este ámbito de los órdenes del amor: el alma familiar no acepta exclusiones. Cuando alguien es exluido, el flujo del amor se resiente.
En el caso de un matrimonio, la jerarquÃa es la siguiente: la primera mujer o el primer marido, en la jerarquÃa tienen prioridad ante un segundo cónyuge. En este caso no tiene ninguna importancia si el matrimonio se contrajo oficialmente o no. Un segundo matrimonio puede lograrse cuando cada uno de los cónyuges respeta al compañero anterior. Donde no se da este respeto, es decir, donde la mujer o el marido anteriores son despreciados o excluidos, las consecuencias pueden afectar a los hijos del matrimonio posterior. Frecuentemente un hijo se identifica con una pareja menospreciada, mostrando sÃntomas de rechazo hacia la madre o el padre.